Hoy, debo reconocer que me equivoqué; lo admito y corrijo. Espero no equivocarme esta vez porque, en vez de los dos años aquellos, rectifico y afirmo: Esto tronará en la mitad, en un año. Es decir, para diciembre de este año estaremos sumidos en una crisis.

De entrada, debo confesar que el 1 de julio por la noche del año 2018 me atreví a pronosticar y argumentar en relación con el tiempo que transcurriría —a partir de la toma de posesión—, para que el nuevo gobierno llevara al país a la debacle económica y a una crisis política. Dije, sin duda alguna, que ese periodo sería de dos años —contados estos—, a partir de la toma de posesión.

Hoy, debo reconocer que me equivoqué; lo admito y corrijo. Espero no equivocarme esta vez porque, en vez de los dos años aquellos, rectifico y afirmo: esto tronará en la mitad, en un año. Es decir, para diciembre de este año estaremos sumidos en una crisis de pronóstico reservado. En los párrafos siguientes trataré de explicarme, y dar las razones de mi rectificación.

Uno de los argumentos de más peso que ofrezco hoy y ofrecí en aquella fecha, es la calidad de los que rodean a López y lo acompañan en su gabinete. Cuando conocí los nombres de todos ellos, si bien estaba convencido de sus profundas limitaciones para la gobernación, así como de su incapacidad intelectual y analítica y su inexperiencia peligrosa para puestos de tan alta responsabilidad, reconozco que los subestimé: ¡Qué capacidad han exhibido para equivocarse y cometer tonterías!

Hoy, ante el desempeño de quienes rodean a López y su nula capacidad para entender la gravedad de lo que enfrentan como gobierno y también, por si faltare algo, la incapacidad para bosquejar siquiera lo que deberían hacer frente a los problemas que en estos pocos meses han estallado, he debido rectificar.

No hay área de la gobernación donde no se haya visto dicha incapacidad para decidir lo correcto, y definir lo que es verdaderamente prioritario. A esto debo agregar la conducta —pocas veces vista con tal intensidad y desvergüenza—, obsecuente y abyecta de los que rodean a aquél.

La parálisis ante problemas que se van agravando día con día; la falta de capacidad para entender y decirle a López que el crecimiento de la economía jamás se va a lograr con base en dádivas y programas dizque sociales para los cuales, para complicar lo ya complicado, no hay recursos que permitirían sufragarlos de manera sana, financieramente hablando.

A esto, agreguemos la visión aldeana que domina las relaciones con el exterior, la cual favorece moverse en el espacio limitado del mitin y los templetes donde López se siente realizado, como pez en el agua mientras México se aísla del resto del mundo. A lo exterior le rehúye, cual si estuviere ante el posible contagio de alguna enfermedad incurable.

Su renuencia a conocer el mundo y sus grandes transformaciones y causas se ve magnificada por su incapacidad para expresarse con claridad y lógica y por si hiciere falta, agregaríamos su desconocimiento total de otro idioma; esto se traduce en el temor a convivir con personajes y gobernantes de otros países por una especie de complejo de inferioridad. De ahí pues, su inclinación a refugiarse en la aldea, en el templete rodeado de los suyos.

Hoy, a lo anteriormente expuesto se agrega la situación creada ante Estados Unidos y la conducta incomprensible por decir lo menos, ante el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Rehuir durante meses lo que hoy se advierte inevitable y las condiciones que deberá aceptar colocan, no únicamente a López sino al gobierno que encabeza, en una posición de debilidad y sin la menor voluntad de enfrentar lo que desde hace meses se veía venir.

Para terminar esta apretada lista de razones del ajuste que llevo a cabo, está la baja sensible de la tasa de crecimiento y la tendencia ya advertida para este año y el siguiente. También, ¿quién podría negar o hacer a un lado la violencia sin freno y la incapacidad burocrática que todo lo ha complicado? ¿Y qué decir de la caída de la captación, y los inviables proyectos faraónicos, caprichos del gobernante?

Por lo anterior, entre otras muchas razones más que evidentes, pienso que la situación creada como resultado de una gobernación errática plagada de desatinos y ocurrencias, no tendrá otro destino que una debacle profunda en lo económico y una crisis política.

¿Tiene usted una visión diferente acerca de lo que nos esperaría con esta gobernación, de no llevar a cabo cambios profundos y reorganizar el gabinete, y la inmediata corrección de desatinos y la cancelación de tanta ocurrencia? ¿Podría argumentar, no sólo insultar?

En opinión de Ángel Verdugo para Excélsior