Por David Olivo

@david_a

El señor presidente está lejos de convertirse en el mesías mexicano que prometió ser, acercándose cada día más a un autoritarismo con delirios de persecución. Cada mañana en sus conferencias encuentra nuevos enemigos a vencer, recayendo en su principal adicción: rememorar los logros liberales de hace dos siglos. Está inmerso en otro tiempo, con reglas caducas que intenta revivir.

Y es que a través de sus delirios comienza a crear una encrucijada en el país, pues su encarnada lucha contra los malvados conservadores y sus desagradables sirvientes; intenta recrear condiciones de un pasado superado, lejos del progreso y la modernidad. Esto lo podemos ver claramente en la Reforma Educativa, donde a son de un simple carpetazo intenta borrar los logros del legislativo a cuesta de años.

¡Es anticonstitucional por donde lo vea, señor presidente! Afirmar que un memorándum es capaz de nulificar fragmentos de la Constitución nos deja ver la verdadera personalidad de la Cuarta Transformación, una que busca concentrar el poder en un solo individuo con dejos despóticos.

Pero eso no es lo peor. Lo verdaderamente terrible es la mentira expuesta a los ciudadanos, ya que la división de poderes es eso llanamente, una segmentación de atribuciones del estado con tal crear contrapesos saludables que impidan tomar decisiones nacionales a una sola persona.

Es por eso que “la mal llamada” Reforma Educativa no puede ser olvidada a la orden del mandatario mexicano o de las presiones del SNTE y la CNTE. En ella se plasmaron instrumentos de control para los sindicatos charros, que alguna vez controlaron este sector.

La constitución establece una evaluación para ingresar y no una persona que parte y reparte conforme al interés de pocos; señala que la permanencia, así como la promoción recaen en demostrar sus aptitudes y no que en caerle bien a tus jefes. Ese es el cambio que se alcanzó y que defienden los senadores de Acción Nacional.

Las acciones del titular del Ejecutivo muestran un desprecio brutal a la división de poderes, las cuales comienzan a verse reflejadas en su popularidad. Debe decirse con todas las palabras. AMLO ya no cuenta con aprobación con que contaba hace dos meses, ahora desciende de los 73.2 puntos de febrero a 62.7, así lo catalogó Massive Calleren su encuesta del 15 de abril.

La factura llegó con poco más de 20 por ciento de desaprobación a las políticas de los primeros meses del sexenio y la verdadera pregunta es ¿cómo no iba a bajar?, si no logra entablar un diálogo sin minimizar a sus contrincantes. Muchos de los mexicanos ya comenzaron a ver que no está combatiendo la delincuencia, la inseguridad y que vulnera el estado de derecho.

Tan sólo el 47.6% considera que el mayor problema es la inseguridad en que nos encontramos sumergidos y no los fantasmas del siglo XIX que tanto invoca en las mañaneras López Obrador. Se encuentra tan atrapado en sus eternos discursos que no se percata que al menos 24.2% de la población ve en su gobierno algo menor a lo que esperaba.

Mientras tanto, la negociación que el mandatario buscaba entablar con la CNTE está muerta, las presiones del SNTE incrementan y se apoderan de nueva cuenta de la educación mexicana y el presidente pelea con las sombras de un periodo que descansa en los libros de historia, atentando contra la autonomía del México institucional.

Sólo me queda citar a una de las mentes más célebres de la historia, Albert Einstein, quien falleció un 18 de abril de 1955: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.

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